Dr. Elmer Dávila
Solvet
En la producción de gallinas ponedoras, los resultados no se construyen únicamente durante la etapa de postura. En realidad, comienzan mucho antes, desde los primeros días de vida del ave. Cada fase del desarrollo productivo representa una oportunidad —o un riesgo— que puede definir la eficiencia, la calidad del huevo y la rentabilidad final del sistema.
Comprender este proceso como una secuencia de etapas fisiológicas, más que como un ciclo lineal, permite afinar el manejo y anticiparse a los desafíos propios de cada momento.
El inicio: Donde todo se define
Las primeras 18 semanas de vida, conocidas como fase de levante, son mucho más que un periodo de crecimiento. Son el momento en el que se construyen las bases del futuro productivo del ave.
Aquí, dos indicadores lo son todo: el peso corporal y la uniformidad del lote. Alcanzarlos no es casualidad. Depende de un delicado equilibrio entre nutrición, sanidad y manejo.
El desarrollo del tracto intestinal cobra especial relevancia. Es en esta etapa donde el ave adquiere la capacidad de absorber eficientemente los nutrientes que sostendrán su crecimiento. Al mismo tiempo, el sistema óseo se fortalece, preparando a la gallina para uno de los mayores desafíos fisiológicos que enfrentará más adelante: la formación diaria de la cáscara del huevo.
El uso temprano de suplementos funcionales como los probióticos, nucleótidos y ácidos orgánicos como el ácido butírico en su forma triglicérido (tributirina) son esenciales para favorecer el desarrollo precoz de las vellosidades intestinales y garantizar la salud eficiente del intestino para una sostenida buena absorción de los nutrimentos del alimento.
Sin embargo, no todo juega a favor. Factores como el estrés, programas de vacunación excesivos, el despique o un acceso tardío al alimento y agua pueden comprometer seriamente estos objetivos.
El punto de inflexión llega alrededor de las 12 semanas. Es el momento de evaluar si el lote va por buen camino o si requiere ajustes. Tanto el exceso como la falta de peso pueden tener consecuencias a largo plazo: desde problemas reproductivos hasta retrasos en el inicio de la postura.
El arranque productivo: Una etapa tan crítica como exigente
Entre las 18 y 24 semanas, la gallina entra en una fase de transformación profunda. Su organismo comienza a prepararse para producir, lo que implica un aumento significativo en la demanda de energía y calcio.
Este cambio no es menor. La gallina atraviesa un estado de estrés fisiológico que puede debilitar su sistema inmunológico, haciéndola más vulnerable a enfermedades.
No es casualidad que muchos de los problemas sanitarios se presenten en este periodo.
El objetivo aquí es claro: proteger la viabilidad del lote. Mantener la mortalidad al mínimo y asegurar que todas las aves inicien la postura en condiciones óptimas.
El manejo debe ser especialmente cuidadoso. Desde la transición gradual del alimento hasta el control estricto de la bioseguridad, cada detalle cuenta. Incluso factores aparentemente simples, como la densidad o la adaptación al galpón de postura, pueden marcar la diferencia.
El pico de producción: El momento de mayor retorno
Si el trabajo previo se hizo correctamente, entre las 24 y 40 semanas llega la etapa más esperada: el pico de producción. Es aquí donde la gallina expresa todo su potencial genético. Altos niveles de postura, buena persistencia y calidad de huevo son el reflejo de un manejo acertado en las fases anteriores. Pero alcanzar el pico no es suficiente. El verdadero desafío es sostenerlo.
La nutrición juega un papel protagónico. Dietas balanceadas, con niveles adecuados de energía, proteína, calcio y aminoácidos, son indispensables para mantener la producción y garantizar la calidad del huevo. En esta etapa, el control se vuelve una herramienta clave. El monitoreo del peso corporal, del consumo de alimento y del peso del huevo permite detectar desviaciones a tiempo. De hecho, uno de los errores más frecuentes en campo es no prestar suficiente atención al peso del huevo, un indicador directamente ligado a la rentabilidad.
Después del pico: El arte de sostener la producción
A partir de las 40 semanas, el escenario cambia. La curva de producción comienza a descender y el organismo del ave experimenta nuevas transformaciones.
La disminución en los niveles de estrógenos afecta la capacidad de absorber y depositar calcio, lo que se traduce en una menor calidad de cáscara. Aquí es donde es importante suplementar la dieta con vitamina D en su forma 1-25 Dihidroxicolecalciferol para garantizar la absorción del calcio de la dieta.
Al mismo tiempo, si no se ajusta la alimentación, el ave tiende a ganar peso, acumulando grasa y aumentando el riesgo de problemas metabólicos como el hígado graso.
La funcionalidad del hígado se convierte en un factor de importancia para evitar el riesgo de la indicada afección, razón por la que es de suprema importancia prevenir la salud hepática con el uso de compuestos naturales que contengan aditivos claves como el nutriente colina y hepato protecto- regeneradores de naturaleza poliherbal.
En esta fase, el manejo se convierte en un ejercicio de equilibrio. Se busca mantener la producción el mayor tiempo posible, sin comprometer la salud del ave.
Reducir ligeramente la energía de la dieta, mantener un adecuado aporte de calcio —preferiblemente en partículas gruesas— y monitorear constantemente el peso corporal son prácticas fundamentales.
La etapa final: Eficiencia hasta el último huevo
Entre las 64 y 80 semanas, la gallina entra en la fase final de su ciclo productivo. Aquí, el enfoque cambia nuevamente: ya no se trata de maximizar la producción, sino de sostenerla de manera eficiente.
Mantener una buena calidad de cáscara, controlar la mortalidad y evitar el sobrepeso son los principales objetivos.
En esta etapa, la experiencia del productor cobra especial valor. Ajustes f inos en la nutrición, control ambiental y seguimiento de indicadores permiten extender la vida productiva del lote y mejorar la rentabilidad.
Una mirada integral
A lo largo de todo el ciclo, hay un elemento que se repite como constante: El control. Medir, registrar y analizar variables como peso corporal, uniformidad, consumo y calidad del huevo no es una tarea opcional, sino una necesidad. Cada fase tiene sus propias exigencias, pero todas están conectadas.
Lo que no se logra en el levante difícilmente se recupera en producción. Y lo que se descuida en el pico impacta directamente en la persistencia. En un contexto donde la eficiencia y la sostenibilidad son cada vez más importantes, entender y gestionar correctamente cada etapa del ciclo productivo ya no es una ventaja competitiva, sino una condición indispensable para el éxito en la avicultura moderna.



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