Luis Maguiño R.1 y Marcial Cumpa Gavidia2
1 Ingeniero Zootecnista. Práctica Privada
2 Profesor Principal, Departamento Académico de Producción Animal – UNALM
Introducción
Actualmente, la población mundial se estima en 7,700 millones de habitantes y se espera llegar a 9,700 millones en el año 2050 (ONU, 2019). En el Perú los 32,6 millones de habitantes llegarán a ser 40,1 millones según las proyecciones del INEI para el año 2050. Es decir, que en los próximos 25 años la población peruana se incrementará en un 23%. Este incremento poblacional demanda un aumento similar en la producción de alimentos. El sector avícola, orientado a la producción de aves y huevos comerciales, se ha posicionado como la primera fuente de proteína animal a nivel regional y nacional. En consecuencia, es imprescindible una mejora continua de la eficiencia y productividad de esta actividad para transformar los mismos recursos en más proteína animal.
La alta productividad de la industria avícola peruana depende principalmente del suministro adecuado de nutrientes para el ave. El alimento representa de 70% a 80% de los costos de producción de carne de pollo. Por lo tanto, para que este recurso tan importante sea eficientemente utilizado, la mucosa intestinal debe presentar unas excelentes características estructurales morfológicas y fisiológicas, siendo esta la vía de ingreso de los nutrientes que serán aprovechados por el organismo para su mantenimiento y crecimiento.
El término “integridad intestinal” se refiere al desarrollo completo, macroscópico y microscópico, a la integridad ininterrumpida y al funcionamiento normal del tubo intestinal. La integridad intestinal óptima, desde el nacimiento hasta el final del ciclo productivo, es esencial para obtener el máximo potencial genético de crecimiento y utilización del alimento de las aves (Cervantes, 2011).
El sistema digestivo debe estar en óptimas condiciones, pues es el principal impulsor de rendimiento y rentabilidad del ave (Eckman, 2001). Esto se debe a que este sistema es responsable de digerir y absorber nutrientes, además de que desempeña un importante papel en el desarrollo de la respuesta inmunitaria de los animales (Santin, 2015), una vez que actúa como barrera contra patógenos y está en comunicación continua con el tejido linfoide asociado al intestino y las bacterias intraluminales (Mittal y Coopersmith, 2014). Existen muchos factores que perjudican la salud digestiva del ave, entre ellos las coccidias, diversas bacterias y virus, antinutrientes de la dieta, micotoxinas, parásitos intestinales, etc. (Yegani y Korver, 2008). Es importante que el avicultor conozca el sistema digestivo de las aves, sus condiciones óptimas y los problemas que podrían contraer por causas de manejo, nutrición y alimentación, y bioseguridad, siendo necesario que el productor tenga disponible las herramientas necesarias para poder valorar la función digestiva y controlar los continuos desafíos de campo que ocurren durante la vida del ave.
Diagnóstico
En las integraciones avícolas es común escuchar reportes de problemas relacionados con el alimento como: diarreas, tránsito rápido o pasaje de alimento, exceso de humedad en las heces, problemas tóxicos, heces con moco anaranjado o heces verdes. Además, en la necropsia es común encontrar lesiones como proventrículos inflamados, erosión de molleja, lesiones de coccidia en los intestinos, lesiones entéricas bacterianas, hígados inflamados y hemorrágicos.
Por otro lado, los parámetros zootécnicos también se ven afectados: pollos de engorde con poca pigmentación, bajo consumo de alimento, pobre conversión alimenticia, pesos corporales bajos inferiores a la tabla y mala uniformidad de los lotes. Sin duda, en el campo se encuentran diferentes problemas digestivos ocasionados por diversos factores y etiologías. La incidencia y la gravedad también son datos importantes que tomar en cuenta para evaluar la gravedad y el tamaño del problema. En consecuencia, es necesario responder rápida y oportunamente, en la medida que requiera el problema ya que se trabaja con animales vivos que se van agravando conforme van pasando las horas y las aves van perdiendo condición. También se requiere una comunicación eficiente en la que todo el equipo técnico hable el mismo idioma integrado (tipo de lesión, grado de lesión, incidencia) y se pueda realizar un gerenciamiento por parte de un decisor central mediante un análisis de datos proporcionados por los profesionales encargados de cada zona productiva, planteando una respuesta de acuerdo al diagnóstico presuntivo. Esta respuesta puede ser general, pudiendo arrancar desde la planta de alimento, aplicando correctivos en el alimento, tales como terapéuticos o corrigiendo algún insumo responsable del problema. Por otro lado, es posible que la respuesta sea local controlando el problema en el mismo plantel afectado aplicando una solución individual para el galpón.
Problemática
En las crianzas de nuestro país, a pesar del cuidado especial de la salud de las aves, no siempre se le da la debida importancia a la salud intestinal. Los problemas de salud intestinal generan severas pérdidas económicas en los avicultores. De acuerdo a De Guseem (2007), el impacto de la coccidiosis sería de 24.33 millones de dólares al año en la industria avícola nacional. Además, adaptando el cálculo de van der Sluis (2000), la pérdida económica en la industria avícola peruana como consecuencia de brotes de enteritis necrótica sería de más de 17.38 millones de dólares anuales. Estas dos son las enfermedades más prevalentes en la industria de pollos de engorde, sin embargo, existen muchos otros factores que pueden deteriorar la salud intestinal.
Principales factores que afectan la salud intestinal
La microbiota desempeña un papel crucial en la salud intestinal. La diversidad y la densidad del microbioma varían considerablemente en las diferentes regiones del tracto gastrointestinal. En el buche (ingluvies) y el ileon, predominan los miembros de la familia Lactobacillaceae, que suelen representar más del 90% de la población microbiana. Estas poblaciones no se han investigado en profundidad, a diferencia del microbioma cecal, que ha sido objeto de numerosos estudios (Rychlik, 2020). El tracto gastrointestinal realiza una función de barrera selectiva entre el tejido del ave y su ambiente luminal. El estrés metabólico asociado con la dieta, el medio ambiente y el manejo puede afectar negativamente el delicado equilibrio entre los componentes físicos, químicos, inmunológicos y microbiológicos del intestino del pollo y perjudican gravemente la eficiencia crecimiento y conversión alimenticia (Hughes, 2005). El daño al tracto intestinal de bajo grado por bacterias patógenas puede causar una mala eficiencia en la conversión alimenticia y disminución en la tasa de ganancia de peso corporal en aves. Además, las infecciones intestinales y parasitarias deterioran la capacidad del ave para absorber los pigmentos de su dieta (Tyczkowski et al., 1991). Daños entéricos más severos por infecciones bacterianas resultarán en una evidente enfermedad y alta mortalidad. Las lesiones de la enteritis necrótica pueden estar entre las más graves enfermedades intestinales del pollo (Yegani y Korver, 2008).
La coccidiosis es causada por protozoos del género Eimeria spp. Estos son parásitos intracelulares de enterocitos que rompen la célula huésped, provocando lesiones en la mucosa intestinal. Las lesiones causadas por Eimeria spp. reducen la capacidad de absorción de nutrientes, afectando negativamente las ganancias productivas en pollos de engorde y representa una puerta de entrada para otros enteropatógenos (Gazoni et al, 2020). De otro lado, diversos virus han sido identificados como causas de infecciones del tracto gastrointestinal en aves de corral. Estos incluyen rotavirus, coronavirus, enterovirus, adenovirus, astrovirus, paramixovirus y reovirus. Además, varios otros virus de importancia desconocida se han asociado con enfermedades gastrointestinales en aves basados en microscopía electrónica, examen de heces y contenido intestinal (Guy,1998). También hay factores no infecciosos relacionados con el alimento que deterioran la integridad intestinal: nivel alto de sodio en la dieta (Leeson y Summers, 1997), textura física y presentación del alimento (Farfán-López y col., 2015), polisacáridos no amiláceos (Klasing, 1997), antinutrientes de los insumos como inhibidores de tripsina (Azcona et al., 2013), betamananos (Mehri y col., 2010), micotoxinas (Pontes, 1989), aminas biogénicas (Bermúdez y Firman, 1998), mala calidad de grasa o grasas rancias (Bertechini, 2013), entre otros.
En la próxima edición continuaremos con la presentación de este trabajo.
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